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domingo, 1 de octubre de 2006

RESEÑA: "MELODRAMA", DE JORGE FRANCO


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LA BELLEZA Y LA MUERTE

García Márquez dijo que Jorge Franco es el escritor al que le “gustaría pasarle la antorcha”. Sin embargo, en Melodrama, su radiografía de la Latinoamérica contemporánea, parece estar mucho más cerca del lirismo violento de Fernando Vallejo y la sensibilidad popular de Manuel Puig.

Por Claudio Zeiger
Melodrama Jorge Franco

Planeta
394 Páginas


Aventuremos una hipótesis: si esta novela hubiera sido publicada en los ’70, es más que probable que habría estado escrita a lo Puig: voces en polifonía, registro coloquial traspasado por los discursos de la cultura de masas, letras de bolero y tango y cine popular. Cabe aclarar que esta novela inequívocamente titulada con el nombre de un género menor es en gran medida una novela de Puig. Pero no está escrita como una novela de Puig. El melodrama de los años ’90 y el nuevo siglo en curso, responde a leyes mucho más rígidas y, al mismo tiempo, más contundentes, más salvajes. No hay correspondencia entre el bolero y el sufrimiento porque la violencia ahora es tan desnuda y despojada que ya no tiene banda de sonido, ni imágenes ni sentido; no hay redención kitsch ni camp. El maquillaje (presente en el libro) poco y nada puede enmascarar. Así parece sugerir, entre otras cosas, esta interesantísima novela de Jorge Franco, conocido hasta ahora, sobre todo, como “el autor de Rosario Tijeras”. Y algo más: si bien parece ubicar a Franco bajo el magisterio de García Márquez, podría decirse que Melodrama reconoce y explora el nihilismo exacerbado de Fernando Vallejo.

La faja del libro reproduce una declaración hecha efectivamente por García Márquez, calificando a Franco como “uno de los escritores a quien me gustaría pasarle la antorcha”. A Franco, dicho elogio le produjo “enorme satisfacción, pero al mismo tiempo me muero de pánico porque uno no sabe si puede estar a la altura de semejante sentencia (sic). Espero no defraudarlo”. Y consultado sobre Vallejo afirmó: “Funciona como el inconsciente colectivo”, y lo consideró uno de sus autores favoritos. Pero si asume la marca Vallejo, desmarcó esta novela de García Márquez, poniéndola más bien bajo el ala de Juan Rulfo: “Siento que en Melodrama hay un guiño respetuoso y lejano a Pedro Páramo”, declaró.


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Entrando en la materia novelesca, habría que explicar entonces por qué y cómo vienen a confluir Rulfo y Vallejo. Hay un tono Vallejo presente en el fatalismo de ciertas palabras del narrador que –guiño a Rulfo– es la voz de un muerto presente o futuro entre los muertos del presente y el futuro. Narrar en punto muerto es a esta altura tan rulfiano como vallejiano si nos situamos desde la perspectiva de una novela del siglo XXI. “No es uno el que se come al tiempo sino el tiempo el que se lo come a uno, enterito, con apetito de piraña, sin dejar siquiera el recuerdo. Siempre llega el momento en el que no existe nadie que lo recuerde a uno; al último que nos tuvo en su memoria, también le llegó el tiempo y se lo comió. Y así hasta que el tiempo se coma al universo y de postre se coma a Dios.” Pero ¿qué razones tendrá quien habla, Vidal, para semejante nihilismo rulfiano –vallejiano, si ha conquistado París, como quería, abandonando la violenta y asfixiante Medellín natal, y escapa, además, de las garras de un capo narco? Es que quizá la amargura existencial de esta novela empecinada en el desgarramiento interior les hace perder a sus personajes la gracia de París, la ciudad deseada por Bryce, por Vargas Llosa, por Cortázar; es que quizá Melodrama está tan alejada del viaje estético/literario a París como mucho más cerca de un lumpen sálvese quien pueda en la Ciudad Luz, bastante oscurecida aquí, por cierto. Aparece la ciudad mezquina, desconfiada y turbia, más realista o al menos ajena a cualquier idealización.

Vidal siempre quiso ir a París, desde chico. Su viaje responde más a una fuga y a una obsesión inexplicable que a un imaginario estético, a pesar de ser alguien hermoso. Y en ese frenesí de París arrastrará a una mujer, la madre, con la que forma un dúo más que singular. Si bien el melodrama del título puede aludir a los grandes relatos realistas del siglo XIX (muchos de ellos, desde luego, ambientados en París), es más pertinente relacionarlo con la telenovela, el culebrón de Televisa y otros canales de las estrellas: naturalismo, lazos de sangre, identidades dudosas, mudas que de pronto hablan, casamientos arreglados y amores incestuosos, se dan cita aquí. La telenovela no sólo es marca contemporánea; en esta novela se cruza también con la tradición del melodrama de los relatos del sida: Vidal es portador de belleza. La belleza lo llevó al sida; el sida lo llevará a la muerte, y como está convencido de que el sida es como la mancha venenosa (no hay medicación que pueda contra el nihilismo), la muerte lo lleva a la omnisciencia desde la que contar este extenso folletín poblado de recursos narrativos logrados e imágenes vigorosas.

Hay que decir que el largo del texto ayuda a acentuar los nudos del melodrama –el regodeo en la desgracia, el despliegue de la autocompasión– pero resiente la tensión del relato, agregando confusión donde no debería haberla. De todas formas, cuando la trama se precipita hacia alguna revelación, no defrauda, y logra sostener un clima de teatro esperpéntico que se cuela en los distintos ámbitos que visita: los saunas, los departamentos opresivos, un club sadomasoquista, en París; las barriadas y los pueblos en Medellín.

París es sucesivamente un misterio, una gracia que va revelando su onettiana cara de la desgracia, el lugar de todos los pecados y del ascenso social gracias a esos pecados. Pero no es Melodrama una novela explícitamente moralista, ya que resulta más que obvio que sus personajes vienen marcados de antes por la culpa original (¿ser colombianos, ser latinoamericanos?); la violencia es su tema y su líquido amniótico, su sostén y su deseo oculto de que todo estalle de una vez para que se acabe el mundo y, con él, los pesares de la existencia. Esto parece sugerirse en un final perturbador y eficaz. Pero antes del final, podemos leer una de las novelas de la nueva narrativa colombiana que muestran desprejuicio narrativo sin renunciar a los buenos modelos literarios.

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-ALICIA ROSELL, 2006-

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