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domingo, 2 de septiembre de 2007

RECUPERAR LA MEMORIA LITERARIA EXTREMEÑA (1º) (Hay 7 comentarios)


Como verán, amigos, este 'post' pasó sin pena ni gloria el año pasado por estas mismas fechas veraniegas. Exceptuando la siempre grata visita de mi amigo Bart, y sus apostillas siempre constructivas, no se comentó mucho más... Regreso, pues, con mi reivindicación del rescate de escritores clásicos olvidados, máxime si -además-, son extremeños. Regreso con ellos porque me considero en deuda con el legado literario que ha hecho que mis antepasados se abran ante mi como una fuente de inspiración y aprendizaje inagotables.
Abrazos, amigos lectores. ¡Buen comienzo de curso a todos! (Alicia Rosell).


“ESCRITORES DE EXTREMADURA”

FRANCISCO VALDÉS NICOLAU
(Don Benito, 1892-1936)

BIOGRAFÍA.-

Valdés, en su adolescencia.Valdés constituye un caso único, trágicamente contradictorio, en el panorama del regionalismo extremeño. Es, sin duda, el mejor prosista, pero además es el único que en su desesperación tiene una visión clara de la falta de horizonte de la escuela elegida —el regionalismo extremeño—, la única que sabe o puede relacionar con su propia opción política.

Nacido en Don Benito (Badajoz) en 1892, muere en 1936, víctima de la Guerra Civil, en el mismo lugar. Aficionado a la literatura desde la niñez, cursa estudios universitarios en Madrid, y allí conoce y participa de un ambiente literario que, si bien tiene el sustrato de modernistas y autores del 98, ya está plenamente inmerso en las innovaciones de novecentistas y vanguardistas: esta atmósfera estética le fascina. Sin embargo regresa a Don Benito en 1929, y pese a sus esfuerzos, progresivamente su trayectoria intelectual se aleja del mundo innovador y abierto que para nosotros representa simbólicamente el grupo poético del 27; al contrario, su literatura se volverá rabiosamente melancólica, dentro de la tradición temática del regionalismo extremeño, tanto en la ficción como en la prensa.

La obra de Valdés, fundamentalmente textos de carácter ensayístico (muy en la línea de la reflexión literaria del novecentismo, de d’Ors, por ejemplo), se recoge en obras como Resonancias, de 1931, o Letras (notas de un lector), de 1933. En ambos casos, como en Vida y letras, recopilación de textos muy posterior (1980), se trata de la expresión de un lector, penetrante y que se permite una elegante dubitación a la hora de elegir sus objetivos estéticos.

Sin embargo, el Valdés que nos interesa es, sobre todo, el diametralmente opuesto a esta experiencia cosmopolita, será el autor de las Ocho estampas extremeñas con su marco, publicadas en 1932, con una edición anterior, de 1924 (Cuatro estampas extremeñas con su marco). Las estampas —género cultivado también por otro regionalista, Reyes Huertas— son una colección de narraciones de deliberado estatismo, a veces simples cadenas de impresiones —incluso buscando ese impresionismo pictórico ensayado por autores como Gabriel Miró— que participan de la más amarga nostalgia consagrada por los fundadores del regionalismo, autores que, como en el caso de Gabriel y Galán, admiraba profundamente Valdés. En cada estampa se plantea el desgarro que la visión del presente extremeño produce en Valdés, desgarro que le llevará a tener una expresión agresiva y desesperanzada: en este punto el excelente prosista se acerca a posturas de un extremismo conservador absoluto, que se duele de la realidad y se entrega a la nostalgia de la identidad extremeña:


Es el hombre extremeño jayán y gañanero. Nadie más que él puede encarnar la vieja raza, amiga del sol y enemiga del sarraceno. En los hombres de su cuño están vívidas la integridad, la honradez, el trabajo, el amor. Ellos son los que labran la tierra y la hacen producir el grano bendito que colma las trojes de donde mana el pan nuestro de cada día.

Son ellos los pilares de la vida. Son ellos los viejos robles de la raza. Son ellos los que llegan a querer con todo el empuje de su corazón a la tierra madre. Y si algún cacho de su querer quedó libre de esta esclavitud amorosa, le dedicaron a una hembra, a unos retoños de su carne, a una vieja y pobre imagen que se venera en la ermita de su pueblo.

Ocho estampas extremeñas con su marco, Jayán y gañanero, p. 63

La vinculación a la tierra, rota, despierta un sentimiento trágico de la misma, de algún modo Valdés retoma la tradición melancólica para descubrir que detrás de la nostalgia no puede haber nada:

Aquí he vivido yo. Me he criado entre mis retamas, que antes fueron de mi padre, y antes de mi abuelo, y antes de mi bisabuelo. Salvo una temporada, pasada baldíamente en la Universidad madrileña, mi vida estuvo adscrita a este retamal con sus viejas encinas. Era mi fiel consuelo y la flor de mi existencia. Mi trato con la vida mundana me dañó el cuerpo y el espíritu. Iba logrando sanarlos al contacto del abierto paisaje de la recia Extremadura; en este rincón del mundo que mis antepasados lograron infundirle su aliento con sus dignos deseos y sus obras de rectitud: el buen consejo atinado, la ayuda consoladora, la censura estricta cuando era necesaria, el respeto y la consideración mutuas. Que no llegara a abrir sus fauces el hambre en derredor.


[…] No es la brasa del volcán quien ha destruido mis retamas, como esas del canto leopardino. Ha sido la lava del volcán de la codicia humana. El brazo destructor al servicio de la intención malvada. Llegaron de las villas inmediatas. Entre ellas, Magacela. En ese desborde incontenido de feroces cuadrillas insaciables, en pocos días, me arrasaron el retamal magnífico: orgullo comarcano, delicia de la vista, consuelo de mi vida. Juntas de hombres se llegaron a él, acometiéndole con las manos, con las hachas, con los picos, con los zachos. Quedó rasa y desnuda la tierra que le mantenía. No parecía la misma. Quedaron como testigos de la afrenta las viejas encinas, las charcas bruñidas de azul rizado, los aguardos de la perdiz, la roja piedra guijeña. Quedó como campo de abandono y desolación lo que antes fuera alegría y abalorio de feria campesina.


Ocho estampas extremeñas con su marco. Las retamas. p. 82, 86

El Marco, brevísima descripción en la que late el espíritu que explica la melancolía desesperada de todo el libro, es un texto incoherente y estremecedor, que resume el final de una época:


Un pueblo extremeño: la terrosa iglesia con su desmochado torreón, rodeada de unas casas de adobes, con unos tejados verdirrojos. Caminos polvorientos en estío y encharcados en la invernada. Monotonía, fanatismo y lujuria. Un casinillo, donde los ricachos parlan de barraganas y escopetas y se juegan los dineros heredados. En cada barriada, varias tabernas. El maestro de escuela sale de caza. Las jóvenes distinguidas confiesan semanalmente y estiman impúdico bañarse. Reacción, caciquismo e intolerancia. Los chicuelos, sucios y desarrapados, vagan por los ejidos, matando pájaros y desgajando los escasos árboles. Un abogadillo, desde el Juzgado municipal, administra justicia conforme a sus pasioncejas y ruindades. En una sórdida rinconada, un prostíbulo, donde los mozos rijosos pescan las enfermedades repugnantes y comienzan a odiar el trabajo. Todos los años mueren varias personas de paludismo y viruela. Emigración, infanticidios y hambre. Mendigos y truhanes toman el sol del invierno en el pórtico de la parroquia. Por las calles, sin acerado y desempedradas, husmean los canes y gruñen los cerdos. Odios y envidias seculares entre las familias abolengas. En un centro obrero se reniega de Dios y se habla del reparto de tierras. Hipocresía y estatismo. De vez en vez un crimen feroz y espeluznante.

Y por encima de todo este fango social, la fecundidad de las entrañas arcillosas del contorno, unos paisajes fuertes, recios, magníficos, y un sentimiento hondo del bien en los corazones de los castúos afanantes del terruño.


Ocho estampas extremeñas con su marco. p. 121.

La figura de Valdés debe entenderse en un contexto complejo, de vicisitudes políticas y culturales complicadas, como fueron los años veinte y treinta: todavía, cuando leemos a Valdés, no podemos dejar de recordar la trayectoria de los autores que caen en la trampa del totalitarismo por simple indignación. La pureza intelectual que inspira su reacción a los movimientos sociales que acompañan al espíritu de la época, explícita en el Marco, serán acaso la respuesta inevitable de un autor que se sentía ajeno a su tiempo y —con dolor— a su lugar.


L.S.D.


-PLAN DE FOMENTO DE LA LECTUR
A: BIBLIOTECA DE EXTREMADURA-

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Como ven, amigos, este post pasó sin pena ni gloria el año pasado por fechas veraniegas. Exceptuando la siempre grata visita de mi amigo Bart y sus apostillas siempre constructivas.

Les dejo de nuevo con mi reivindicación del rescate de escritores clásicos, máxime si además son extremeños para siempre volver...

Abrazos, amigos. Buen comienzo de curso a todos.

Alicia Rosell

Alicia: Veo que estás aprovechando las vacaciones rescatando del olvido a escritores que sin duda serán interesantes. Como lo está cada vez más tu blog, nutrido y didáctico.
Saludos, Bartleby.

viernes, 18 agosto, 2006

Efectivamente, Bartleby, intento rescatar del olvido a los que acaso nunca fueron muy conocidos, pero sí interesantes.

Te agradezco la alabanza hacia el blog: No cejo en mi empeño, de momento. El día que lo deje, aún sin que se haya leído algo de lo que escribí, quedará ahí, entre ¿millones? de blogs interesantes...

Pero los halagos que fueron y son sinceros los llevaré siempre en mi corazón. Gracias, pues, por tu mano amiga.

Recibe mi cordial saludo de bienvenida y ¿por qué no? ¡Un abrazo!

viernes, 18 agosto, 2006

Felicitaciones por esa fuerte apuesta por el rescate de escritores no suficientemente conocidos. En este caso de literatura de autores extremeños. Seguiremos disfrutando leyéndote.
Un abrazo.

Hola, gatito: Muchas gracias... Ya sabía yo que gozarías con ésta entrada, ya que nos decantamos mucho por el rescate de escritores extremeños.

Mi camino por tu último paseo ha sido gratificante. Eres una gran reseñista.

Abrazos,

Alicia Rosell.

Hola Alicia.
Rescatar del olvido a alguien con quien nos sentimos en deuda, por el legado que nos cedió,no solo es un acto noble,además es necesario.

Hola, Mart: es un placer tenerte por este 'decadente' blog mío. Te recomiendo más el otro ("Retahílas"), ahora que nadie me oye. ;)

Efectivamente, rescatar del olvido a buenos escritores es un acto de nobleza pero sobre todo, de justicia. Veo que una vez más compartimos ideas afines.

Te dejaré un comentario en tu blog, -que ya he visitado- (muy por encima, te soy sincera) en cuanto te lea más tranquila. Pero sobre todo, gracias por tu visita que me ha alegrado mucho.

Saludos afectuosos, Mart. Nos leemos,aquí y allá.

Alicia Rosell.

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-ALICIA ROSELL, 2006-

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