"Podrán cortar las flores, pero no detendrán la primavera"(Neruda)

sábado, 30 de junio de 2007

AMOS OZ: ENSAYOS SOBRE LITERATURA (Lectura muy recomendada por Purificación Ávila)



Amos Oz

"LA HISTORIA COMIENZA"

Ensayos sobre literatura
por Amos Oz


Siruela, Madrid, 2007

Oz, Premio Principe de Asturias de Las Letras

Algunos grandes escritores escriben y vuelven a escribir la primera frase de su libro cientos de veces, y nunca pasan de ahí. Otros desisten y, quizá desesperados, deciden empezar con lo primero que se les ocurre. Comenzar a contar una historia, dice Amos Oz, es como intentar conquistar en un restaurante a una persona totalmente desconocida. En el análisis que hace de los fragmentos iniciales de algunas novelas y relatos breves de Gógol, Kafka, Chéjov, García Márquez o Raymond Carver, así como en sus referencias a otros clásicos de la literatura universal, Amos Oz instruye, desafía, guía y entretiene. Y explora con pasión y gracejo la razón de que el principio sea tan importante como el final, y pone de relieve los párrafos iniciales en los que los autores hacen promesas que tal vez no cumplen, o cumplen de una manera inesperada o bien hacen más de lo prometido. Un juego que atrapa tanto al escritor como al lector.

Amos Oz

"LA HISTORIA COMIENZA"
ENSAYOS SOBRE LITERATURA


Traducción del inglés deMaría Condor - El Ojo del Tiempo (Ediciones Siruela)

-Introducción-


Pero ¿qué existía en realidad antes del Big Bang?

Mi padre escribía libros sesudos. Siempre me envidió la libertad que yo gozaba, como novelista, de escribir como quisiera, directamente de la cabeza a la página, sin las limitaciones de toda esa búsqueda e investigación preliminar, sin la carga de la obligación de conocer todos los datos existentes en la materia, sin el impedimento de cotejar fuentes, proporcionar pruebas, comprobar citas y poner notas a pie de página: libre como un pájaro. ¿Tiene uno ganas de escribir: "Shmuel ama a Tsila"? Pues adelante, a escribirlo. ¿Quiere escribir: "Pero Tsila ama a Gilbert"? Allá va. ¿Quiere añadir: "Sin embargo, Shmuel y Gilbert se aman"? ¿Quién puede rebatirle? ¿Quién puede venir a discutírselo con datos contrarios o con fuentes que a lo mejor se le han pasado por alto?

Yo, por otra parte, tenía cierta envidia a mi padre. Cada vez que se ponía a trabajar en un artículo erudito, su mesa de trabajo se llenaba, de un extremo a otro, de libros abiertos, separatas, textos de consulta, diccionarios, un arsenal de artillería de apoyo. Él nunca tenía que estar, como yo, sentado contemplando una única y burlona hoja en blanco en medio de un escritorio desierto, como un cráter en la superficie de la luna. Sólo yo y el vacío y la desesperación. Ponte a sacar algo de nada en absoluto. Por cierto, estoy hablando del mismo escritorio. Cuando mi padre murió, yo heredé su mesa, que durante años y años estuvo densamente poblada, como un suburbio de Calcuta, mientras que ahora está tan desierta como la pista de aterrizaje de Kosovo.

En realidad, ¿quién no ha tenido la horrible experiencia de estar sentado delante de una hoja en blanco que le sonríe a uno con su boca desdentada: "Adelante, vamos a ver si me pones la mano encima"?

Una página en blanco es en realidad una pared encalada sin ninguna puerta ni ventana. Empezar a contar una historia es como tontear con una persona totalmente desconocida en un restaurante. ¿Recuerdan al Gurov de Chéjov en "La dama del perrito"? Gurov hace al perrito un gesto monitorio con el dedo una y otra vez, hasta que la dama le dice, ruborizándose: "No muerde", y entonces Gurov le pide permiso para dar un hueso al can. Tanto a Gurov como a Chéjov se les ha dado así un hilo que seguir; empieza el coqueteo y el relato despega.

El comienzo de casi todos los relatos es realmente un hueso, algo con lo que cortejar al perrito, que puede acercarlo a uno a la dama.

Imaginen que deciden escribir acerca de una muchacha de Nahariya -llamémosla Mathilda- la cual averigua que tiene una prima en Grecia a la que no conoce. Supongamos que la prima se llama también Mathilda. Imaginen
que la Mathilda de Nahariya resuelve ir a Grecia en septiembre a conocer a su prima y tocaya. Muy bien, pero ¿qué debe ir primero? ¿Mathilda despertándose una soleada mañana? ¿Mathilda en la agencia de viajes? ¿Mathilda de niña, aquel memorable día en que se pilló los dedos en el ventilador? ¿O Mathilda en Tesalónica, tomando una habitación en un hotel lleno de granjeros, donde conoce a un tímido apicultor? ¿O debemos quizá empezar el relato con una descripción detallada de las espesas telarañas que hay en el trastero de debajo de la escalera?

¿Qué hay que contar en el primer capítulo? ¿Y en el primer párrafo? ¿Mathilda mirando los pendientes que pertenecieron a su abuela, que también se llamaba Mathilda? ¿Cuánto debe revelar la primera frase? ¿"En medio del camino de la vida / errante me encontré por selva oscura / en que la recta vía era perdida"? (Dante, "Infierno"). Tal vez la estrofa inicial de Dante para el "Infierno" podría servir como línea inicial para todos los relatos: "En medio del camino de la vida" es, más o menos, donde empiezan en realidad muchos relatos.

Así pues, uno se sienta y se pregunta qué debe ir primero y cómo llegar a ese comienzo en medio del camino. Sentándose. Garabateando en la hoja. Arrugándola. Tirándola. Garabateando en la hoja siguiente: formas, flores, triángulos, rombos, una casa con una pequeña chimenea, un gato sin pelo. Arrugándola de nuevo. Tirándola. Para entonces, Mathilda empieza a desaparecer. Uno da la vuelta a una nueva hoja. Ay, la nueva hoja no es más amable que la anterior. Así son las cosas: no hay perrito, no hay dama.

En realidad, esto sucede siempre, no solamente a los novelistas sino a cualquiera que se ponga a escribir cualquier cosa. A Tsila se le ha encomendado que entreviste a Gilbert, uno de los solicitantes del puesto de coordinador de personal en una fábrica. Tsila tiene que informar por escrito de sus impresiones. Escribe: "La entrevista tuvo lugar en el Café Bagdad a las seis de la tarde".

Lo tacha. Eso no es totalmente exacto, porque la entrevista empezó, efectivamente, a las seis, pero se desarrolló entre las seis y las siete menos cuarto. Además, ¿a quién le importa si eran las seis o las ocho, si se trataba de Bagdad o de Alaska? Tacha de nuevo. Muerde el extremo del bolígrafo. Piensa. Luego escribe: "Al principio de la entrevista, Gilbert me entregó…". Vuelve a tachar; cambia "Gilbert me entregó" por "el solicitante me entregó un currículum vitae, que insistió en que leyera en el momento, antes de empezar nuestra conversación. Adjunto el currículum".


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Lo tacha. ¿Qué importancia tiene eso? Además, "insistió " resulta demasiado fuerte aquí, pues Gilbert no fue tan categórico. ¿"Pidió"? Demasiado débil. En realidad, lo que hizo fue menos que insistir pero más que pedirme que leyera su currículum primero. ¿Hay una palabra intermedia entre "pedir" e "insistir"? ¿Tal vez "exigir"?

No, no me lo exigió. Y no fue "categórico". En general, "categórico" es una palabra tonta. Sea como fuere, el vitae irá adjunto a mi informe, si es que consigo redactarlo, de modo que ¿a quién le importa si Gilbert insistió, persistió, pidió, rogó o me tentó? (¿Me tentó? ¿Gilbert? ¿Qué mosca te ha picado de repente, Tsila?). Bueno, quizá lo pueda poner así: "El solicitante me produjo la impresión de ser un hombre con una extraordinaria confianza en sí mismo, aun cuando tal vez se esforzó demasiado en tratar de producirme esa impresión".

Estupendo, excepto que en realidad es un bodrio: me produjo la impresión de que se esforzaba demasiado en "tratar de producirme esa impresión". Un asco de lógica, y un asco de hebreo también. Además, "extraordinaria confianza en sí mismo": ¿quién te crees que eres? ¿Un asesor titulado en confianza en uno mismo?

Tsila vuelve a empezar: "Gilbert Kadosh, veintinueve años, nacido en Gedera, Israel, divorciado, sirvió cinco años como inspector de policía…". No. Demonios, ¿es que no puedes poner las cosas como es debido? Sí que sirvió en la policía cinco años, pero fue inspector sólo el último año y medio.

Y ¿por qué no empezar buscándole la gracia? Pero ¿dónde está la gracia? Encima se está haciendo tarde. Y Tsila ha prometido llamar a Mathilda antes de que acabe su turno.

Un asco otra vez. No está claro si "su turno" se refiere al turno de Mathilda o al de Tsila.

Basta. Tsila no presentará su informe hoy. Mañana será otro día. No es el fin del mundo.

Nuevo tachón. "Mañana será otro día" está muy trillado. Por otra parte, ¿y qué? ¿Qué tiene de malo que esté trillado? ¿Por qué no? ¿Y no queda patoso acabar con tres preguntas sinónimas: "¿Y qué? ¿Qué tiene de malo? ¿Por qué no?"?

Tsila hace pedazos la hoja y llama a Mathilda (que se ha ido a Grecia a buscar a la otra Mathilda). Empezar es difícil.

Cierto es que hay diversas estrategias para abordar esta dificultad: hay escritores que nunca empiezan por el principio mismo, sino por un par de escenas fáciles de la parte central del relato, sólo para entrar en calor. (El problema es que hasta una escena fácil de la parte central del relato requiere una frase inicial.) Unos, como el Grand de Camus en La peste, escriben y reescriben cien veces la primera frase de un libro y nunca pasan de ahí. Otros tiran la toalla -podemos imaginar- y, quizá desesperados o agotados, deciden empezar como se les ocurra, qué diablos importa, uno puede empezar por cualquier sitio, sin nada en absoluto, incluso con algo aburrido o un poco tonto. Ahí tenemos, por ejemplo, al gran Dostoyevski y su flojo principio de un relato titulado Noches blancas: "Era una noche prodigiosa, una noche de esas que quizá sólo vemos cuando somos jóvenes, lector querido. Hacía un cielo tan hondo y tan claro que, al mirarlo, no tenía uno más remedio que preguntarse si era verdad que debajo de un cielo semejante pudiesen vivir criaturas malas y tétricas".

Una pena, vamos. Ni siquiera la aduladora apelación al "lector querido" puede redimirlo de su banalidad sentimental. Y esto, al fin y al cabo, es nada menos que Dostoyevski. Sabe Dios cuántos borradores y más borradores hizo, rehizo, destruyó, maldijo, garabateó, arrugó, arrojó a la chimenea, tiró al inodoro, antes de conformarse por fin con esta especie de "bueno, vale".

Ahora bien, puede que no sea así. Después de todo, Noches blancas es un relato escrito en primera persona desde el punto de vista de un personaje sentimental, y lleva el subtítulo Una historia de amor sentimental. (De las Memorias de un soñador) . De modo que bien pudiera ser que la penosa frase de inicio sea deliberada y premeditadamente penosa.

De ser así, tenemos que replantear nuestra cuestión. ¿Cuántos borradores tuvo que escribir y reescribir Dostoyevski para llegar finalmente a este raro espécimen de floja frase inicial? ¿Cuánto refinamiento y destilación tuvo que poner en ese cielo tachonado de estrellas, en ese "lector querido" y en ese cielo que "quizá sólo vemos cuando somos jóvenes"? Dicho de otro modo, el traje nuevo del emperador del cuento de Andersen ¿no era más que un simple engaño, destinado a poner de manifiesto la estupidez del emperador y el conformismo de la multitud? ¿O quizá el niño valiente que gritó "¡El emperador está desnudo!" era también un estúpido, aunque de otra categoría? ¿Es posible que el emperador desnudo en realidad no estuviera desnudo sino maravillosamente ataviado, y que el sastre deshonesto no fuera un farsante sino un asombroso maestro cuyo genio estuviera muy por encima de las posibilidades de la multitud, muy por encima de la comprensión del emperador, muy por encima de los alcances del niño? ¿No podría ser que sólo los espectadores más sutiles hubieran podido darse cuenta del esplendor del traje nuevo del emperador, cuya belleza escapaba al emperador, a la plebe e incluso al atrevido niño deconstructivista, quien debería haber investigado en los archivos antes de poner al descubierto la desnudez del emperador, no porque el emperador estuviera más desnudo que los demás emperadores -o que los demás seres humanos- sino precisamente porque los emperadores desnudos son hoy la oferta especial de la semana?

Podríamos formular la cuestión de la siguiente manera: ¿dónde está, si es que existe, la línea de separación entre presentar un personaje sentimental en primera persona y producir un texto sentimental? ¿O es que ya no hay textos buenos y malos, sino sólo textos legítimos bien acogidos y otros textos, no menos legítimos, que no hallan buena acogida?

Volvemos a nuestra cuestión. ¿Dónde empieza un relato como es debido? Todo principio de relato es siempre una especie de contrato entre escritor y lector. Hay, por supuesto, toda clase de contratos, incluyendo los que son insinceros. A veces, el párrafo o capítulo inicial actúa a la manera de un pacto secreto entre escritor y lector, a espaldas del protagonista. Es el caso del inicio del Quijote y de Ayer mismo, de Agnón. Hay contratos engañosos, en los cuales el autor parece revelar toda suerte de secretos, de modo que el desprevenido lector muerde el anzuelo, imaginando que en efecto se le invita a entrar en el cuarto oscuro y sin darse cuenta de que ese "entre bastidores" no es en realidad lo de detrás de las bambalinas sino solamente un nuevo decorado; mientras el lector se imagina que forma parte de una conspiración, en verdad no es más que la víctima de otra conspiración más sutil: el contrato visible no es más que un objeto de mentira, el sujeto de un contrato interno, más sutil, más taimado. Éste es, por ejemplo, el caso del inicio de Michael Kolhaas, de Kleist; de El proceso de Kafka y de El elegido, de Thomas Mann. (El primer capítulo de El elegido se titula "¿Quién toca las campanas?", y se informa con toda seriedad al lector de que no es el campanero el que toca las campanas, sino "el espíritu del relato", sólo para encontrarse después con que este "espíritu del relato" no es ciertamente ningún espíritu sino un irlandés llamado Clemence).

Hay comienzos que funcionan como una trampa de miel: en un primer momento se nos seduce con un sabroso cotilleo, con una reveladora confesión o con una aventura espeluznante, pero al final averiguamos que lo que estamos atrapando no es un pez vivo, sino un pez disecado. En Moby Dick, por ejemplo, hay muchas aventuras, pero también muchas exquisiteces no mencionadas en el menú, ni siquiera en el contrato inicial ("Llamadme Ishmael"), pero que se nos conceden como un plus especial, como si compráramos un helado y ganáramos un pasaje para dar la vuelta al mundo.

Hay contratos filosóficos, como la famosa frase inicial de Anna Karénina, de Tolstói: "Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz lo es a su propia manera".En realidad, el propio Tolstói, en Anna Karénina y en otras obras, contradice esta dicotomía.

A veces se nos pone frente a un contrato con un principio áspero, casi intimidatorio, que advierte al lector desde el mismo comienzo: los pasajes son muy caros aquí. Si usted cree que no puede permitirse un cuantioso pago por adelantado, será mejor que ni siquiera intente entrar. No habrá concesiones ni descuentos. De este tipo es, por ejemplo, el principio de El ruido y la furia, de Faulkner. Pero ¿ qué es, en última instancia, un comienzo? ¿Puede existir, en teoría, un comienzo adecuado para cualquier relato? ¿No hay siempre, sin excepción, un latente "comienzo antes del comienzo"? ¿Algo previo a la introducción, al prólogo? ¿Un acontecimiento anterior al Génesis? ¿Una razón que diera motivo al factor del cual se originó la causa primera? Edward A. Said distinguió entre "origen" (un ente pasivo) y "comienzo" (que él considera un concepto activo)*. Si, por ejemplo, queremos empezar un relato con la frase "Gilbert nació en Gedera el día siguiente a la tormenta que arrancó el cinamomo y destruyó la valla", a lo mejor tendríamos que hablar de la caída del cinamomo, tal vez incluso de las circunstancias en las que se plantó, o tendríamos que remontarnos a cuándo, de dónde y por qué vinieron los padres de Gilbert a establecerse precisamente a Gedera, y contar por qué se fundó Gedera, y dónde estaba la valla destruida. Pues si Gilbert Kadosh nació, alguien tuvo que tomarse la molestia de engendrarlo; alguien tuvo que haber esperado algo, o temido, amado o no amado algo. Alguien pidió y se le concedió; alguien disfrutó, o sólo hizo como que disfrutaba.

En suma, para que la narración esté a la altura de su obligación ideal, tiene que retroceder por lo menos hasta llegar al Big Bang, a ese orgasmo cósmico con el cual empezaron todos los bangs menores. Y, por cierto, ¿qué existía aquí en realidad justo antes del Big Bang? ¿Una encarnación anterior de Gedera? En nuestro contrato inicial, el de la tormenta y el cinamomo, debiera existir, como un cromosoma, lo que un día hará que Gilbert Kadosh se case, luego se divorcie, ingrese en la policía, luego se retire y solicite un nuevo empleo, que es lo que da lugar a que conozca a Tsila, ese día que pidió -insistió; no, ni pidió ni insistió, sino algo entre insistir y pedir-, y desde entonces Tsila se ha sentido fascinada por él, averiguando al final que Shmuel, que la ama, se está enamorando también de Gilbert. ¿O no deberíamos empezar por Gilbert ni por Tsila, sino por este Shmuel? ¿O incluso por la tatarabuela de Shmuel, Mathilda, que era también tatarabuela de Mathilda, la amiga de Tsila, la que fue a Grecia a buscar a su desconocida prima y tocaya?

Este libro está basado en mis clases en el Instituto del Kibbutz Hulda, el Instituto Regional de Brenner, la Universidad Ben Gurión en el Negev y la Universidad de Boston, así como en una serie de conferencias pronunciadas en el Museo Eretz
Israel de Tel Aviv en 1995 y 1996.

Amos Oz - Arad, 1996

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jueves, 21 de junio de 2007

LEWIS CARROLL O LOS IDEALES VICTORIANOS


LA LITERATURA DE LA "ERA VICTORIANA"

Pero no son tan sólo los detalles de la vida de Victoria que queda reflejado en la obra de Carroll, sino, ante te ambiente de una época (la segunda mitad del siglo XIX) que la reina dio su nombre. ¿En qué consiste esta “era victoriana” ? En el terreno literario, consiste en una reacción frente al movimiento romántico inglés del primer cuarto de siglo. Los nuevos escritores rechazan la fantasía romántica de Byron o Shelley y buscan un nuevo realismo. Incluso un libro tan aparentemente fantasioso como pudiera parecer Alicia, en el fondo no lo es. Alicia nos describe su mundo (el País Maravillas) con toda suerte de detalles y de la manera más lógica, coherente y realista.Y es muy significativa la mofa que hace Carroll del gran poeta romántico inglés William Wordsworth y su conocidísima obra Resolution and Independence.

La parodia que hace Carroll de este poema es una parodia del espíritu sensiblero y melodramático de los poetas románticos. Carroll se une así a toda una generación de escritores – el poeta Tennyson, los novelistas Thackeray y Dickens, el filósofo Carlyle -que encarnan los nuevos valores de la era.




¿Cuáles son los ideales de esta nueva era? El primero, quizás el más perceptible, es el ideal de progreso. Progreso científico (Darwin), progreso económico (Stuart Mill y librecambistas de Manchester), progreso social (a pesar de las lacras de miseria de la nueva sociedad industrial),progreso tecnológico (ferrocarril, industria textil del norte de Inglaterra). Nada tan palpable en la era victoriana como el progreso. Pero el propio Tennyson nos advierte que todo “progreso” tiene su “regreso” «¡Adelante, sí! Pero con cautela, / porque el cauce del tiempo no es recto, / sino que vuelve y se revuelve / en curvas y meandros traicioneros.»

La segunda característica que se advierte en la literatura de la época victoriana es un cierto espíritu didáctico (la filosofía de Carlyle) y moralista (la novelística de Dickens). Hay tener en cuenta que, junto a la revolución industrial, se e produciendo en Inglaterra una revolución social que hacía que millares de personas, hasta entonces analfabetas, accedieran a la cultura de la letra impresa. El escritor se sentía “educador” de estas masas proletarias y de clase media. Se explica así el auge del melodrama y las novelas por entregas para satisfacer exiguas necesidades culturales de estas clases sociales.

Otro de los ideales de la era victoriana era, sin duda el espíritu de descubrimiento y aventura. Los viajes de Livingstone y Stanley apasionaban al público inglés, que seguía sus aventuras por el corazón de Africa con entusiasmo. En ese contexto hay que entender los libros de Lewis Carroll. También Alicia emprende un apasionante viaje a un país ignoto, y Lewis Carroll se cuida muy mucho de informar lectores de todas y cada una de las características de la fauna y la flora de su desconocido, y recién descubierto, país.

También es propio de la era victoriana un cierto espíritu religioso, incluso místico, que trataba de hermanar los grandes descubrimientos científicos y técnicos con una nueva fe en Dios:

«Que crezcan, sí, nuestros conocimientos,/pero sin dismi- nuir la reverencia/ de nuestro,espíritu y se produzca así / la unión de Dios y la inteligencia» (Tennyson).

Quizás la característica esencial de la era victoriana sea su sentido práctico, su búsqueda de la realización personal y colectiva, su sentido de lo que los ingleses llaman el fulfilment o el accomplishment.

He dejado adrede para el final un ideal de la época victoriana que a menudo se olvida y -más a menudo aún- se ignora. Esta nueva sociedad inglesa tan aparentemente abocada al trabajo, a la moral y a las buenas costumbres, inventa el juego, en todos los sentidos y direcciones que este término abarca. Desde el backgammon y los juegos de casino, las charadas y juegos de salón, hasta los deportes de campo, como el rugby, el tenis, el cricket y el fútbol. Sin olvidar el croquet, que es una mezcla de juego de salón y de campo. Naturalmente, algunos de estos juegos eran ya conocidos antes de la era victoriana, pero es sin duda esta sociedad la que los practica y pone de moda, difundiéndolos por todo el orbe terráqueo. Sin temor a la exageración, podíamos hablar de la aparición de un «homo ludens», es decir, de un hombre que, fundamentalmente, se realiza jugando.

Si hago hincapié en este ideal victoriano es por lo que representa en la obra de Lewis Carroll. Porque si considerarnos a Thomas Carlyle como el “apóstol del trabajo”, Carroll es, sin duda, el apóstol del juego, del divertimiento y del descanso. La voz de Carroll es de las primeras que se alzan en Europa en contra del trabajo alienante. «Solamente cuando el trabajo es una experiencia creadora, es decir, sólo cuando el trabajo se convierte en juego, es admisible el trabajo», decía Carroll. Y la mejor prueba de sus teorías está en sus propias obras. Sus mejores obras no son los pesados tomos de matemática y de lógica, sino aquellos libros que escribía como juego. ¿Qué es Alicia sino un juego? Un juego de naipes en la primera parte y un juego de ajedrez en la segunda. Pero, por encima de todo, Alicia es un juego de palabras, una gigantesca (y a veces pesada) broma que Carroll le juega a la lengua inglesa. «Una lengua -nos dice Kathleen Blake- no es más que un juego social, con unas reglas arbitrarias que se establecen por convenio social.» Pues bien, lo que Carroll hizo fue alterar estas reglas, cambiar el sentido convencional de las palabras y darles un nuevo sentido, para que todo el mundo pudiera reírse de este «nuevo juego» que había inventado Carroll; para que los ingleses, en definitiva, se rieran de sí mismos.

COPYRIGHT

© Ed. Castellana: Ediciones Generales Anaya,S.A., Madrid,1984
Ramon Buckey

SI TE INTERESA ...

http://landow.stg.brown.edu/victorian/victov.html -Visita esta página si quieres saber absolutamente todo sobre la era victoriana y su relación con la literatura inglesa. Muy muy interesante, pero está en inglés.

http://landow.stg.brown.edu/victorian/carroll/carrollov.html -Visita esta página si quieres ver uno de los más completos análisis que existen sobre Lewis Carroll y Alicia en el país de las maravillas ,dentro o fuera de Internet. Incluye las relaciones de su obra con la literatura de su época . En inglés.


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lunes, 22 de enero de 2007

DON QUIJOTE: ¿HÉROE MODERNO O ANTIHÉROE?

"AL CUMPLIRSE HOY EL PRIMER AÑO DE ANDADURA DE MI BLOG "VIVIR POR Y PARA ESCRIBIR", ES MI DESEO COMPARTIR CON TODOS USTEDES ESTE TEXTO EN HOMENAJE A LA NOVELA Y EL AUTOR MÁS IMPORTANTES DEL IDIOMA CASTELLANO. ESPERO QUE DISFRUTEN EL TEXTO QUE LES DEJO TANTO COMO YO" (Purificación Ávila).


"A propósito del IV centenario de la publicación cervantina, su actualidad pareció ratificarse en la dinámica de nuevos y crecientes lectores. Según la autora, la obra mantiene ese contacto porque dichas generaciones encuentran en las relaciones disonantes y desgarradoras del personaje con su entorno, una historia cotidiana". Autora: María del Rosario Aguilar Perdomo*




Gustav Doré, uno de los más famosos ilustradores de El Quijote, perfiló con sus trazos la animadversión del hidalgo hacia los molinos de viento.

Jean Canavaggio, uno de los biógrafos más prestigiosos de Cervantes, ha señalado que si la aventura de don Quijote todavía nos fascina -y tal vez ahora más que nunca, prueba de ello es que, al menos en Colombia, la edición preparada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, y dirigida por Francisco Rico, se ha convertido en el libro más vendido desde diciembre-, se de-be al gesto que resume la obra: "ese doble movimiento que hace que cuan más se afane el héroe por enfrentarse con el mundo, más se oculta y resiste éste, acrecentando la distancia, trágica y cómica a la vez, entre lo real y su representación"1.

Ese doble matiz del texto cervantino, al que alude el crítico francés y que señala lo trágico que puede ser un hombre viejo que aspira a imponer en el mundo la utopía de la Edad de Oro a partir de sus lecturas, y lo cómico que resulta ese intento en la Edad de Hierro, es, probablemente, uno de los aspectos que más ha llamado la atención de los lectores del Quijote desde su publicación en 1605. De hecho, los primeros lectores, contemporáneos de Cervantes, asumieron que la que sería posteriormente consagrada como obra maestra de la literatura universal era básicamente un texto que inducía a la risa y subrayaron su carácter cómico. No otro parecía ser uno de los objetivos que Cervantes quería al-canzar con ese hidalgo enloquecido por las lecturas de los libros de caballerías cuando declara en el prólogo que el libro debe procurar que el melancólico se mueva a risa y el risueño la acreciente2.

Pero, en interpretaciones posteriores, particularmente a partir de los románticos alemanes, se insistió en una lectura trascendental, filosófica y simbólica, que llamaba la atención sobre el carácter trágico del personaje. Federico Schlegel vio en don Quijote un personaje romántico. A.W. Schlegel hizo una interpretación simbólica de los protagonistas, como encarnación de la poesía y la prosa de la vida. Schelling concibió la obra cervantina como una antinomia entre lo ideal y lo real. Es decir, a partir del siglo XIX, y a diferencia de los lectores del XVII, se insistió en el carácter serio de la obra. Dicha interpretación influyó de manera decisiva en los acercamientos que los intelectuales de la Generación del 98 hicieron del Quijote y ésta es la que ha persistido en la sensibilidad y el pensamiento contemporáneos.

Portada de la primera edición de El Quijote, publicada en 1605 por la imprenta madrileña Juan de la Cuesta.

La obra de Cervantes, por supuesto, nos conduce por ese camino de doble vía en el que se mezclan lo cómico y lo serio, y por eso las valoraciones del Quijote han trasegado por esos senderos3.

Esa doble emoción de risa y congoja, que suscita que el lector se ría y disfrute con cada locura del personaje y que, a la vez, llore y se compadezca de sus derrotas, lo hace un texto perdurable y entrañable, tanto, que no se ha dejado de profundizar en él desde hace 400 años.

El héroe fracasado

Sin embargo, ¿cuál es la causa de que el Quijote siga siendo un texto vigente y moderno ahora, cuando estamos celebrando el IV centenario de su publicación? A mi modo de ver, la respuesta se encuentra en el personaje del ingenioso hidalgo. Por supuesto, esta perspectiva no pretende restarle importancia a los demás elementos que hacen del texto cervantino una obra revolucionaria desde el punto de vista literario y humano; por ejemplo, el perfecto equilibrio que se encuentra entre la reflexión, la enseñanza y el entretenimiento, que era una de las preocupaciones fundamentales de las teorías estéticas del Renacimiento; o el manejo del lenguaje, la disposición temporal y el empleo de una voz narradora ficticia -Cide Hamete Benegeli-.

No podemos olvidarnos tampoco de la tradición carnavalesca que se encuentra detrás de muchos de sus pasajes, particularmente de la segunda parte; o del manejo del concepto de la libertad, que ha llevado a plantear a distintos críticos -el poeta Luis Rosales y el novelista Mario Vargas Llosa, entre otros- que el texto cervantino es una poética de la libertad. Sorprendentes son también los discursos y actuaciones emancipatorias de las mujeres como la pastora Marcela, Dorotea o Altisidora, o los lectores que son incapaces de diferenciar entre ficción y realidad. Todos estos dispositivos ficcionales, al conjugarse en el entramado narrativo, hacen del Quijote la primera gran novela universal, como se refiere a ella Georges Lukács en su Teoría de la novela, y, por tanto, deben ser tenidos en cuenta para su justa valoración.

El autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha solía presentarse de manera indirecta, tal como lo hiciera con el pseudónimo de Cide Hamete Benengeli en su obra cumbre.

No obstante, el eje fundamental de la obra es ese héroe dibujado por Cervantes. Alonso Quijano es un hidalgo pobre, que raya los 50 años, al que se le ha "secado el cerebro" por la lectura de las hazañas relatadas en los textos caballerescos publicados durante el siglo XVI. A partir de su dcisión de convertirse en caballero andante, para emular los hechos de Amadís de Gaula y otros valientes caballeros, don Quijote va a interpretar el mundo como si de un libro de caballerías se tratara: los molinos se van a convertir en gigantes, a pesar de la insistencia de su escudero en que no lo son; de igual manera, para el hidalgo las ventas serán castillos, mujeres de dudosa conducta como Maritornes se convertirán en hermosas doncellas que pretenden seducirlo a la luz de la luna; y otra serie de episodios en los cuales hay una refracción en la mirada quijotesca de la realidad.

Y esto ocurre no solo porque Alonso Quijano está loco, sino porque de esta forma puede dar soporte a sus ilusiones y convertirse en don Quijote. Y es que la única manera de que el personaje pueda desprenderse de sus orígenes es mediante un acto de voluntad que le permite revivir la caballería andante y forjarse una identidad propia. Esa identidad que produce risas y burlas entre propios y ajenos (y también entre los lectores), y que paradójicamente se reafirma en sus fracasos, traslada al personaje de un mundo prosaico a un espacio poético en el que todavía son posibles los ideales de justicia y libertad.

Don Quijote está en constante conflicto con el mundo que le rodea, porque no encaja en él, está en contradicción con unos Tiempos Modernos que no se ajustan a su manera de interpretar y sentir la realidad. En este aspecto crucial, se cifra la novela moderna, se establecen sus primeros cimientos. Porque la relación de don Quijote con su entorno es disonante, desgarradora, y por eso su aventura es un continuo movimiento en búsqueda de sí mismo en un mundo del que los dioses han desaparecido. ¿Qué más podría ser más afín a la condición de los hombres a comienzos del tercer milenio? ¿Qué metáfora más bella de un mundo irremediablemente perdido y de un hombre que se sobrepone a su propia condición y continuo fracaso? En esencia, este aspecto hace que esta gran novela, española y universal, sea un texto vivo, que todavía tiene mucho qué decirnos sobre la condición humana, y que lo hace plenamente vigente en los 400 años de su publicación.

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* Profesora del Departamento de Literatura de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia.

1 Canavaggio, Jean, Cervantes entre vida y creación, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2000, p. 93.

2 Cito por la reciente edición preparada por Francisco Rico para conmemorar el IV Centenario, Brasil, Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, Alfaguara, 2004, p. 14

3 Así lo han señalado entre otros: Rico, Francisco Breve biblioteca de autores españoles, Barcelona, Seix Barral, 1988, y Montero Reguera, José El Quijote y la crítica contemporánea, Madrid, Centro de Estudios Cervantinos, 1997.

Fuente: Universidad de Colombia.


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miércoles, 10 de enero de 2007

“RETRATO DE UN ARTISTA ADOLESCENTE"


'El cronista enredado'.


“Retrato de un artista adolescente”: la reflexión en el espejo.



Por Magda Díaz y Morales


Con frecuencia se ha subrayado la importancia que el uso de la cita tiene en el marco de todo discurso. Se trata, como sabemos, de un componente textual que opera como detonante de una red de relaciones compleja cuya función central es proponer la lectura de un texto a través de otro, su predecesor. De tal forma, en los títulos o paratextos ya asoma configurada la isotopía del relato o, lo que es igual, en el título es posible reconocer con anterioridad el conjunto de implicaciones semánticas que se encontrarán articuladas en el cuerpo del discurso. El lugar medular que Juan García Ponce otorga a Retrato del artista adolescente de Joyce en la escritura de "Retrato de un amor adolescente" (1) se muestra en la preeminencia que, desde el título, la novela del irlandés adquiere en el cuento. El conjunto de estrategias discursivas por las cuales el relato de García Ponce admite una doble lectura, por ejemplo del personaje de Diego como alusión de Stephen Dedalus, tiene un lugar fundamental que procuraré a continuación establecer.

1. Los retratos de dos adolescentes

La primera novela del escritor irlandés James Joyce (1882-1941), Retrato del artista adolescente, (2) recrea la juventud y vida familiar de Stephen Dedalus, su protagonista. En esta obra su autor anticipa la técnica que llevó a su plenitud con Ulises, el monólogo interior, recurso literario que conforma las reflexiones, sentimientos y emociones de un personaje. La vida de Stephen Dédalus transcurre a través de una difícil adolescencia dentro de un ir y venir gracias a las altas y bajas económicas de su familia. Algunas veces lo podemos encontrar observando todo lo que ocurre a su alrededor o recorrer las calles mientras elucubra fantasías; otras, realizar largas caminatas al lado de su padre del cual cuenta a su amigo Cranly, no sin un poco de ironía, que tenía por profesión:

Estudiante de medicina, remero, tenor, actor aficionado, político de estruendo, pequeño terrateniente, pequeño rentista, bebedor, buena persona, especialista en chistes y anécdotas, secretario de no sé quién, no sé qué cosa en una destilería, colector de impuestos, quebrado, y al presente ensalzador de todo su propio pasado.

Igualmente lo vemos visitar toda clase de lugares, charlar seriamente con sus amigos sobre arte, religión y política, pero siempre llevando en su espíritu las bases morales inculcadas por los estrictos jesuitas de quienes adquiere una sólida y vasta cultura. Poco a poco lo vemos perfilarse como un gran poeta, un artista que dice contemplar a la literatura como "la más elevada y espiritual de las artes". Sin embargo, llega el momento en que lo asalta un serio conflicto provocado por sus profundas dudas religiosas y el cuestionamiento político hacia Irlanda, donde vive. Decide abandonar Dublín, vivir su propia vida lejos de su hogar y sus amigos.

Diego, el protagonista de "Retrato de un amor adolescente" también es un estudiante que, justo un poco antes de llegar a "la esquina donde paraba el camión de línea para ir a la escuela", pasaba frente a la casa de una muchacha que yacía siempre frente a una ventana: "en el segundo piso, detrás de la barda con lanzas y el pequeño jardín con toda clase de flores y ningún árbol, aparecía en la ventana la figura de ella". Para Diego, preso de "múltiples ensueños solitarios", ella no tenía edad, simplemente "era la muchacha tras la ventana":

Tenía la frente recta, sus ojos no eran claros ni oscuros: eran unos ojos buscando la mirada de él. Bajo ellos una nariz perfilada; una boca con los labios más bien delgados; la cara ovalada; el pelo más que rubio podía considerarse castaño; su figura debería ser esbelta, al menos él había decidido otorgársela así en sus repetidas fantasías privadas.

Diego vivía imaginando no sólo tener la oportunidad de hablarle, también pensaba en cómo sería el espacio de su encuentro. Dentro de sus fantasías llegaba a su memoria el eco de las palabras de sus maestros: "la realidad mancha hasta la imaginación cuando la imaginación se dirige a objetos indebidos", pero por "la muchacha tras la ventana él estaba dispuesto a arrostrar todos los peligros". Al final, el encuentro tan deseado se produce "cuando menos lo esperaba. Lejos de su casa; lejos de la escuela; lejos de cualquiera de sus caminos habituales. […] ¿Así de simple? Así de simple es la vida, por eso es tan compleja. Todas las posibilidades se encierran en su acontecer".

Como Dedalus, Diego es un artista, un "huésped de su propia vida […] que deja al arte, la forma, como única posible respuesta al problema de la realidad" (3), crea un mundo dentro del mundo porque el arte supone la duplicidad, como dijera Blanchot y, además, implica esa realidad esplendente que para Diego:

Era como un muro manchado de rojo por el sol y era como una pura oscuridad luminosa y era como la luna que a veces veía tras la ventana y era mucho más distante que las estrellas siempre a la vista por la noche y era, sobre todo, su secreto, un secreto que se guarda celosamente (el énfasis es mío).

"Oscuridad luminosa", paradoja donde habita el arte y lo sagrado o lo sagrado como una parte del arte, "cuyas profundidades resulta difícil traer a la luz, a pesar de que o precisamente porque son todo luz y su reflejo nos deslumbra hasta la ceguera" (4). Justo lo más cercano a ese manantial de lo desconocido es sobre el que reposa el resplandor del origen de la palabra, de la obra de arte, García Ponce lo manifiesta así:

Significativamente, una gran parte por lo menos de las fuerzas que determinan el nacimiento de la obra de arte y por tanto de las obras mismas en lo que tienen de más cercano a sus orígenes, al fundamento último sobre el que descansa su radiante transparencia, la parte de su oscuridad que se convierte en luz y se hace comunicable, que se transforma en una palabra en lenguaje artístico, no se encuentra lejos de esas profundidades (5)

(*) Doctora en Literatura. http://apostillasnotas.blogspot.com/. Mantiene el sitio del escritor Juan García Ponce

(1) Juan García Ponce, Cinco mujeres (México: CONACULTA/Del Equilibrista, 1995).

(2) (Madrid: Alianza Editorial, 1980), todas las citas que haré a esta novela pertenecen a esta edición. El libro se publica por primera vez en 1916, García Ponce aclara que esta novela es la primera versión de Esteban el héroe la cual Joyce intentó destruir "salvándola del fuego la heroica intervención de su hermano Stanislaus", en "James Joyce", Entre las líneas, entre las vidas (México: Océano, 2001), p. 68.

(3) Juan García Ponce, "El artista como héroe", Cruce de caminos (México: Universidad Veracruzana, 1997), p. 116.

(4) Juan García Ponce, "El arte y lo sagrado", (La aparición de lo invisible: México: Siglo XXI, 1968), p. 77

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Este estupendo ensayo de Magda Díaz y Morales ha sido publicado en 'El cronista enredado' en su último número. Para continuar leyéndolo, así como para conocer esta revista aragonesa, pinchen el enlace que facilito. Recomiendo vivamente su lectura.

Deseo felicitar a Magda Díaz por su maravilloso y elaborado trabajo como ensayista. Si desean leer más de esta autora, tienen a su disposición su obra,
"El erotismo perverso de Juan García Ponce. Lenguaje y silencio" que pueden adquirir a través de su propia página personal.

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domingo, 19 de noviembre de 2006

EL HUMO DE LAS MUSAS-TABACO Y LITERATURA

HUMPHREY BOGART FUÉ UN EMPEDERNIDO FUMADOR

EL VICIO DE FUMAR AL SERVICIO DEL ARTE

-PRIMERA PARTE-


Los asistentes acabaron otorgando a Onetti el cargo de presidente en el exilio dada su pertinaz resistencia a participar en los actos organizados. Corría el año 1979, y en Las Palmas se celebraba el Congreso de Escritores en Lengua Española que Juan Carlos Onetti, como se ha dicho, presidía. Solía esperar a que empezaran las sesiones para escurrirse al bar con su amigo Juan Rulfo, para conversar.

Allí los sorprendió una tarde, a la hora de la siesta, Nélida Piñon, sentados uno frente al otro y cruzando entre sí apenas un puñado de monosílabos:

-Entonces, Juan, ¿no hay Cordillera? -preguntaba Onetti.

-¡No, Juan, no hay Cordillera! -respondía Rulfo.

-¿Escribes? -añadía el primero.

-¡Nada! -culminaba el otro.


El cruce de preguntas y respuestas se prolongaba durante gran parte de la tarde según los interlocutores, ambos fumadores empedernidos, encendían un cigarrillo tras otro, llenaban de colillas los ceniceros, y expulsaban densas nubes de humo que les obligaban a entrecerrar los ojos.

Onetti siempre contó que había comenzado a escribir por causa del tabaco. A principio de los años 30, recién casado, se trasladó a Buenos Aires, donde estaba prohibida la venta de cigarrillos durante el fin de semana, de modo que los fumadores acopiaban los viernes tabaco para tres días. A él se le olvidó comprar y la desesperación se tradujo en un cuento de apenas cuarenta páginas que escribió en una tarde, sentado ante la máquina de escribir para desahogarse. Era la primera versión de El pozo, que se publicaría nueve años después. Fue lo único en su vida que escribió sin fumar.

Novelas imprescindibles. «Es innegable la relación del tabaco con la literatura», opina J. J. Armas Marcelo. «Al socaire del humo fueron escritas Juntacadáveres, Pedro Páramo, El coronel no tiene quien le escriba y otras muchas novelas imprescindibles. Igual que el cine: cine y literatura, de hecho, están llenos de tabaco. ¿Qué cine?, preguntan algunos; pues el Cine, claro. ¿Qué literatura?; pues la Literatura».

Fumaba el ancho Chesterton; fumaba el delgado Kipling, de quien se conserva una foto en la que sostiene el cigarro en la mano izquierda y la pluma en la derecha; fumaba Barrie, el creador de Peter Pan, que tenía la costumbre de poner nombres a sus pipas: Sirena, Rómulo, Remo... Fumaba Dumas padre e incluso su inmortal Montecristo dio nombre a un puro; fumaba, y mucho, Conrad, y en buena parte de sus libros aparecen manchas de ceniza o quemaduras. Y fumaba Henry James, quien confesaba acudir al tabaco cada vez que le fallaba la inspiración.

El tabaco es uno de los grandes iconos de la literatura contemporánea, y muchos escritores han construido parte de su imagen literaria en torno al humo: es difícil imaginar a Henry Miller, Albert Camus, Ernest Hemingway o Guillermo Cabrera Infante sin un cigarro entre los dedos.

«No creo que exista una literatura del humo, una literatura de fumadores». El escritor y editor Manuel Rodríguez Rivero llegó a comprar ¿y casi fumar? cuatro paquetes diarios de tabaco. «Pero sí es cierto que hay libros inexplicables si no se considera el aspecto de fumador del autor. Pienso, por ejemplo, en La conciencia de Zeno, de Italo Svevo, construido en torno al tabaco. Y hay escritores a los que, leyendo, asocias inmediatamente con el humo: a Faulkner siempre lo imagino fumando en pipa; a Sartre, con uno de sus inevitables gitanes».


Continuará...


Fuente: ABCDDE LAS ARTES Y DE LAS LETRAS

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sábado, 21 de octubre de 2006

ENSAYO SOBRE LA ENVIDIA-SAVATER


Envidia -Goltzius-

"LA ENVIDIA ES UNA VIRTUD DEMOCRÁTICA"



Ensayo de Fernando Savater

La envidia, definida como la tristeza ante el bien ajeno -ese no poder soportar que al otro le vaya bien, ambicionar sus goces y posesiones-, es también desear que el otro no disfrute de lo que tiene. ¿Qué es lo que anhela el envidioso? En el fondo, no hace más que contemplar el bien como algo inalcanzable. Las cosas son valiosas cuando están en manos de otro. El deseo de despojar, de que el otro no posea lo que tiene, está en la raíz del pecado de la envidia. Es un pecado profundamente insolidario que también tortura y maltrata al propio pecador. Podemos aventurar que el envidioso es más desdichado que malo. El envidioso siembra la idea ante quienes quieran escucharlo de que el otro no merece sus bienes. De esta actitud se desprenden la mentira, la traición, la intriga y el oportunismo.

La envidia es muy curiosa, porque tiene una larga y virtuosa tradición, lo que parecería contradictorio con su calificación de pecado. Es la virtud democrática por excelencia. La gente por ella tiende a mantener la igualdad. Produce situaciones para evitar que uno tenga más derechos que otro. Al ver un señor que ha nacido para mandar, dices: «¿por qué estás tú allí y no yo? ¿Qué tienes que yo no tenga?». Entonces la envidia es en cierta medida origen de la propia democracia, y sirve para vigilar el correcto desempeño del sistema. Donde hay envidia democrática el poderoso no puede hacer lo que quiera.

Si hay quienes no pagan impuestos, comienza la reacción de aquellos que envidian esa situación y exigen que los privilegiados también paguen. Sin la envidia es muy difícil que la democracia funcione. Hay un importante componente de envidia vigilante que mantiene la igualdad y el funcionamiento democrático.

En la tradición cristiana es definida como «desagrado, pesar, tristeza, que se concibe en el ánimo, del bien ajeno, en cuanto éste se mira como perjudicial a nuestros intereses o a nuestra gloria».

Este pecado propicia la sensación de que uno podría tener todo lo bueno de los otros. Si tú le envidias la mujer al otro, deberías aceptar todo lo que el otro es, quiere, piensa y siente, y por lo tanto dejar de lado todas las cosas que tú quieres, piensas, sientes. Tendrías que convertirte en el otro, algo que nadie está dispuesto a hacer. Porque todo el mundo quiere ser y tener las ventajas del otro, pero a partir de la propia concepción de uno. Nadie está dispuesto a decir: «bórrenme a mí, y escriban al otro, porque yo lo que quiero es ser yo, con lo del otro». El que envidia estaría en el mejor de los mundos si pudiera lograr una disociación con el otro: quitarle para sí toda la parte que no le gusta y quedarse sólo con lo que le gusta, sin tener en cuenta que todos los bienes y beneficios tienen un costo en la vida [...]

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jueves, 19 de octubre de 2006

NUEVO PREMIO NACIONAL DE ENSAYO

Pirámide. Kircher.

-CELIA AMORÓS-

17/10/2006
Fuente: elpais.es

La escritora y ensayista Celia Amorós ha obtenido hoy el Premio Nacional de Ensayo, que concede el Ministerio de Cultura, por su obra La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias.. para la lucha de las mujeres.
Este galardón, dotado con 15.000 euros, distingue una obra de un autor o una autora españoles, escrita en cualquiera de las lenguas oficiales del Estado y editada en 2005.
Han formado parte del jurado, presidido por el director general del Libro, Rogelio Blanco, los académicos Luis María Anson, Henrique Knor Borrás, Joan Francesc Mirá i Casterá y Xosé Ramón Barreiro, además de los designados por el Ministerio de Cultura, Javier Sádaba, Victoria Camps, Julia Varela y Amelia Valcárcel, así como los miembros de asociaciones de escritores y críticos, y el anterior galardonado, José Luis Pardo.

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LIBROS RELACIONADOS:

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"CELIA AMORÓS Y SU OBRA"

La autora de «Hacia una crítica de la razón patriarcal» y de «Tiempo de Feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y posmodernidad» recoge sistemáticamente en esta obra sus reflexiones acerca del poder, la individualidad, la igualdad y la diferencia. El libro es recorrido por una vena polémica, que contrapone el feminismo histórico al «pensamiento de la diferencia sexual» en los planos ontológico y político, así como una arteria constructiva. Por esta última circula una preocupación sistemática en torno a la articulación de las individualidades en los ámbitos de paridad y la indiscernibilidad de los sujetos individuales en los espacios de la impotencia. El tema foucaultiano de la relación entre el poder y la subjetividad es abordado aquí en claves del existencialismo tanto sartreano como beauvoireano y modulado desde una perspectiva centrada en las relaciones entre los sexos.

OTROS TÍTULOS DEL AUTOR: AMOROS, CELIA

Fuente: Casa del Libro

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-ALICIA ROSELL, 2006-

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